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Sexualidad clandestina: a merced de un sádico y necrófilo.

Por diversos motivos,   en  la vida sexual  abundan los  tabús sociales, las prohibiciones religiosas o legales, los convencionalismos  sociales...

Todo contranatura, contra la naturaleza.

Todo,  menos  la libertad plena para ejercer lo que debería ser uno de los derechos naturales básicos. Dentro de  unos parámetros razonables, claro,  como ocurre con otras necesidades básicas del ser humano: comer,  beber,  dormir...

Concretamente, quiero escribir de una macabra historia y el riesgo que corrí, "gracias" a  las prohibiciones, condenas y reprobaciones de todo tipo  que existían contra la HOMOSEXUALIDAD  durante el franquismo.  

Situémonos en la época y recordemos el cuadro sociopolítico del periodo,   para  que comprendan mejor lo que quiero narrar de mi experiencia, real. 

Los HOMOSEXUALES  o  MARICONES,   estaban-mos condenados por Dios y su Iglesia, entonces todopoderosa (Pecado nefando, mortal), la familia (Aquello de: "prefiero un hijo en la cárcel por asesino,  o muerto, que maricón"; o,  "antes una hija puta - ¡ en aquella época  !  -  que un hijo maricón..." ¿ qué niño-adolescente homosexual no creció oyendo ésto de labios de su madre o padre, con terror y desesperación, y siempre en silencio, disimulo, autorrepresión e inmensa frustración emocional, sexual...?

¡Cuidado al caminar, a cómo hablas o gesticulas,  a  quién miras,  con los gustos que tienes, por si no son plenamente masculinos... !

También  la sociedad,   los  amigos,  los vecinos,   las leyes civiles,  ponían sus cucharadas de acíbar a nuestras existencias,  como  si  no fuera poco lo anterior.

Algunos no lograban soportarlo, y recurrían  a  huir y perderse en el anonimato de ciudades grandes y lejanas;  al suicidio...

Parece  que sólo  el Demonio  estaba con nosotros.  O nosotros con él.  Y con la  noche, las ocuridades,  los parajes desiertos...

Como  los parques  de las ciudades  grandes,  donde al amparo de la noche y al abrigo cómplice de arbustos, setos  y árboles,  como si fuéramos  piezas de caza  acosados y acechados por leones, tigres y otros depredadores, nos atrevíamos a  salir ... solitarios, recelosos...  buscando desesperadamente, y temiendo horriblemente:  a  los asaltantes,  a  los policías, a  conocidos que nos sorprendieran ...

De los varios incidentes que tuve  en uno de esos "paseos" de madrugada,  por un parque de Córdoba  conocí a un muchacho con el que entablé  una, digamos, relación.

Al segundo día,  dejé mi hotel por  una casa suya,  enorme y  antigua, situada en el barrio de La Judería cordobesa. 

Él, personaje muy importante,  vivía en su chalet de  zona residencial lujosa,   con su familia:  esposa e hijos.

Al mes  o así,   me propuso irnos  a  un    gran  chalet  que  tenía  en la sierra; creo que por Los Pedroches.

Estaba  bastante aislado, en zona montañosa  y  rodeado  de bosque,  discreto,  como correspondía  para el objetivo que en él  se  pretendía,  luego lo sabría:  "picadero"  homosexual de tres amigos  ricos y poderosos,   tanto como sólo se podía serlo   en la Andalucía de aquella época.

Naturalmente,  ni siquiera  sus  familias - ellas menos que nadie - sabían de la existencia de  esa propiedad,  que para  más seguridad  de intimidad al servicio de los amores tan clandestinos  como reprobados,  estaba rodeada por  una gran y poderosa valla,   protegiendo  un amplio territorio  en el entorno del edificio, y  en el que  media docena de mastines no dejaban pasar a nadie extraño...  ¡ ni tampoco  escapar de dentro de la casa!  

Ladraban y  embestían enfurecidos a nuestro coche desde que éste penetró en el interior y mientras se dirigía al garage.  Claramente  se  veía  que incluso el  dueño era desconocido para ellos. O al menos tal  me pareció  a  mí.

Inmediatamente  percibí  que me encontraba totalmente  a  merced  de  mi amante, de que  nadie sabía dónde estaba  yo,  y que  tampoco   tenía posibilidad alguna de irme por mi cuenta,  si él no quería.

Pero sobre todo,  aún no sabía lo que  allí dentro iba a  encontrarme...

 

NOTA:  aquí  paro lo que escribo, porque no sé si puede interesar a alguna persona.

Tampoco  puedo estar seguro de que algunos asuntos criminales que entonces descubrí, puedrían ser castigados penalmente, pese al tiempo transcurrido,  aunque pienso que no, porque ya hace más de 35  años.

De más está decir porqué no denuncié,  cuando conseguí escapar, salvándome de terminar momificado,  como les ocurrió a  otros más desgraciados.

Por el mismo motivo que no podíamos denunciar palizas, atracos,  chantajes, etc. que nos ocurrían en  nuestro  camino  por esas sendas  tan llenas de peligros,  en las que hasta pedir ayuda era una amenaza terible.

 

 

 

matorral el 14/02/10 a las 14:20, 1 comentarios | vista 183 veces | 2 votos | valor 2


Comentarios
por anónimo el 18/02/2010 a las 09:06  
Valor   -2     | 
#1

jajajaja

 
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